El Col·legi de Metges de Tarragona lamenta profundament la seva mort. La Junta de Govern del COMT vol transmetre el seu condol als familiars i amics.

El doctor Agustí Tarrés Roure fue, ante todo, un hombre de vocación profunda y coherente. Nació en Tarragona el 15 de marzo de 1938, en plena Guerra Civil, bajo las bombas que en aquellos días caían sobre la ciudad, una circunstancia que pareció marcar una vida entera dedicada a proteger, cuidar y dar sentido a la fragilidad humana. Hijo de Joan Tarrés Roca, cirujano y ginecólogo obstetra, creció en un entorno donde la medicina no era solo una profesión, sino una forma de responsabilidad moral hacia los demás. Tuvo un hermano que no siguió el camino médico, pero en Agustí la vocación arraigó desde muy temprano.

Estudió Medicina en la Universidad de Zaragoza, donde compartió aulas y formación con compañeros que más tarde serían también médicos de referencia en Tarragona, como los doctores Vidal y Arguilaga. Tras licenciarse, se trasladó a Santander para especializarse en Pediatría en el Hospital Marqués de Valdecilla, uno de los grandes centros de referencia del país. Allí fue discípulo del doctor y catedrático Guillermo Arce Alonso, considerado el creador de la escuela española de pediatría, una influencia que sería decisiva tanto en su rigor clínico como en su concepción integral del cuidado infantil. Posteriormente amplió su formación en el Hospital de Lyon, adonde fue becado por la República Francesa, una experiencia que reforzó su mirada abierta y su vocación europea del servicio público.

A su regreso se casó con Rosa Aznárez Torralvo, santanderina licenciada en Geografía e Historia, a quien había conocido durante su etapa de formación en Santander y con la que formó en Tarragona una familia profundamente unida. Tuvieron tres hijos –Agustí, arquitecto; Xavier, abogado, y Manel, diseñador gráfico industrial–, ninguno de los cuales se dedicó a la medicina, pero en quienes siempre inculcó el valor del compromiso, la ética profesional y la curiosidad intelectual.

Su vida profesional quedó estrechamente ligada a la historia sanitaria de Tarragona. Fue uno de los primeros médicos del Hospital Universitario Joan XXIII, erigido en aquellos años de crecimiento de la ciudad, y tuvo el honor de redactar y firmar la primera historia clínica del centro. Formó parte importante del equipo del área de Pediatría durante décadas y dirigió con excelencia la Unidad de Trastornos Alimentarios, desde su creación y durante años. Paralelamente, ejerció también en el Hospital de Santa Tecla y en la antigua Beneficencia, dependiente entonces de la Diputación de Tarragona, convirtiéndose así en uno de los pocos médicos que trabajaron en los tres grandes centros sanitarios de la ciudad, siguiendo de algún modo la estela de su padre, que también había ejercido en Santa Tecla.

Pediatra por convicción, Agustí Tarrés entendía la medicina como un acompañamiento integral. No se limitaba al diagnóstico ni a la consulta: escuchaba, observaba, preguntaba y se interesaba e implicaba en las condiciones de vida de sus pacientes y de sus familias. Fue el pediatra de prácticamente toda una ciudad en una época que compartió con grandes y reconocidos colegas, como Pedro de la Muela, Desiderio Martín, Xavier Allué, Adolf Gómez Papi, Ricardo Closa, Javier Batlle o Federico Adan, este último en Santa Tecla. Eran tiempos complejos, cuando Tarragona recibía a miles de familias llegadas para trabajar en las recién instaladas fábricas y en la expansión del sector químico. Se preocupó y se involucró personalmente para que todos aquellos niños que llegaban con sus familias a Tarragona tuvieran una asistencia médica digna y con garantías. Atendió a niños de barrios humildes, incluso en chabolas, en condiciones que hoy asociaríamos a contextos de cooperación internacional. Durante la epidemia de polio, tuvo un papel clave en la atención y erradicación de la enfermedad, siempre desde el rigor científico y una humanidad que dejó una huella profunda.

Y es que su manera de ejercer la medicina trascendía la consulta. En un contexto a menudo marcado por la prisa y la burocracia, Agustí Tarrés optó siempre por la palabra justa y el tiempo que fuera necesario. Para muchas familias, no fue solo un médico, sino una presencia tranquilizadora, alguien capaz de calmar una fiebre nocturna tanto con conocimiento médico como con serenidad y confianza, alejando también los miedos y recordando que la atención personal es una parte esencial del cuidado.

Desde el punto de vista científico y académico, mantuvo una actividad constante. Se especializó en neumología pediátrica y alergias, participó en numerosos congresos y fue autor de múltiples publicaciones. Formó parte del equipo que impulsó la creación del banco de leche materna en la planta de Pediatría del Hospital Joan XXIII, un proyecto pionero que tuvo un gran reconocimiento a nivel estatal y que contribuyó a situar el servicio entre los más prestigiosos del país. Ejerció también como profesor en los estudios de Medicina que se impartían en Tarragona y que entonces dependían de la Universidad de Barcelona, al no estar aún creada la Universitat Rovira i Virgili. Enseñó también en la parte universitaria del Hospital Joan XXIII y colaboró con el Hospital Vall d’Hebron, de Barcelona.

También se implicó activamente en la vida profesional e institucional del territorio y fue secretario del Colegio Oficial de Médicos de Tarragona.

Pero su compromiso con la comunidad fue más allá del ámbito sanitario. En los últimos años del franquismo, fue uno de los miembros fundadores del Colegio Mare Nostrum, un proyecto educativo creado desde cero por un grupo de familias que creían en una educación basada en valores, pensamiento crítico y humanismo. Participó activamente en la compra de los terrenos, en las gestiones ante el Ministerio de Educación en Madrid y en la consolidación del proyecto, al que estuvo vinculado durante cincuenta años, ejerciendo diversas responsabilidades en el Consejo de Administración, incluida la presidencia. Para él, educar y cuidar formaban parte de una misma misión: ayudar a las personas a crecer con dignidad y criterio propio.

Culto, lector incansable, encontraba en los libros –tanto científicos como literarios– una fuente constante de aprendizaje para su profesión y para la vida. Era también un enamorado de Santander, la “tierruca” que siempre llevaba en el corazón. Y en la finca familiar disfrutaba del contacto con la tierra y daba rienda suelta a su pasión por la naturaleza, el mundo rural y la agricultura.

Quienes lo conocieron destacan su serenidad, su coherencia vital y su manera de estar siempre presente sin imponerse. Médico vocacional, amigo leal y ciudadano comprometido, fue miembro de honor de la Sociedad Española de Pediatría y recibió numerosos reconocimientos. Los más recientes, el premio Battestini, en 2022, en reconocimiento a su trayectoria profesional y personal, y, en 2024, la Medalla al Mérito Cívico de la Ciudad de Tarragona, que aceptó con humildad y agradeciendo siempre a quienes lo acompañaron a lo largo del camino.

Falleció el 5 de enero de 2026, víspera de Reyes, una fecha cargada de simbolismo para quien dedicó su vida a la infancia. Con su muerte, Tarragona pierde mucho más que a un gran pediatra: despide a un referente moral, a un hombre que supo cuidar y educar al mismo tiempo. Su legado permanece en la memoria de miles de familias y en las instituciones que ayudó a construir desde la discreción, la constancia y una profunda vocación de servicio.

Por Álex Saldaña


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