
Col. nº 4300382
Nunca como ahora habíamos vivido tan bien y, paradójicamente, nunca habíamos sido tan vulnerables. Lo que antes era una incomodidad asumida —el aburrimiento de los niños, la debilidad de las piernas de los ancianos, la pereza del lunes— hoy es motivo de diagnóstico, etiqueta y, si es posible, tratamiento. La sociedad del bienestar, que ha alargado nuestra vida y nos ha regalado seguridades impensables hace solo dos generaciones, también ha fabricado nuevos síndromes: formas sofisticadas de nombrar lo que simplemente formaba parte de la condición humana.
Estrés postvacacional
Cuando nuestros abuelos regresaban al campo o a la fábrica después de la fiesta mayor, lo hacían cansados, sí, pero también con la normalidad de quien sabe que el descanso es breve y que la vida —por definición— es trabajar. Hoy, en cambio, necesitamos artículos en la prensa y sesiones de coaching para superar “el trauma de reincorporarnos a la oficina después de un mes de vacaciones”.
Adolescentes rebeldes
La pubertad siempre ha sido una etapa convulsa. Aristóteles ya describía a los jóvenes como impulsivos y amantes de los excesos. Pero lo que era universal y consustancial a la edad, hoy se formula en términos clínicos: “trastorno negativista desafiante”. La etiqueta nos ahorra aceptar que la vida en familia —simplemente— es difícil.
El déficit de atención
En la época de los libros de texto de 300 páginas y de los maestros con regla en la mano, había niños inquietos, dispersos o soñadores. Hoy, muchos de estos perfiles quedan atrapados bajo el paraguas del TDAH. Esto no significa que el trastorno no exista, sino que la frontera entre lo que es un diagnóstico clínico y lo que es un rasgo de carácter se ha vuelto más permeable que nunca.
La adicción a las redes
No es discutible que las pantallas han transformado la manera de relacionarnos. Pero la necesidad de estar permanentemente conectados también tiene precedentes: el lector compulsivo del periódico, el radioyente incapaz de perderse el boletín horario, el joven que esperaba con ansia la carta semanal. Lo que cambia es la intensidad y la velocidad, pero no la dependencia del estímulo.
El síndrome del nido vacío
Cuando los hijos se van de casa, muchos padres viven un vacío emocional evidente. Siempre ha sido así: el paso de la crianza a la soledad relativa es un trance natural de la vida familiar. Hoy, sin embargo, este malestar también se ha convertido en diagnóstico, con manuales y guías de afrontamiento. Lo que antes era tristeza y añoranza, ahora es “síndrome”. El nombre no hace menos dolorosa la ausencia, pero la envuelve en una pátina clínica que nos hace sentir acompañados… y quizá también más vulnerables.
Cuando el aburrimiento era educativo y el dolor puntual una incidencia sin importancia
Quizá la diferencia más grande entre ayer y hoy sea la percepción del aburrimiento y del dolor. Los niños se aburrían —y eso los obligaba a inventar juegos, a mirar el techo o a leer—. Y los padres no vivían con la angustia de entretenerlos a cada instante. El aburrimiento bien entendido y bien empleado puede favorecer el descanso mental, la autorreflexión y, sin duda, nos ayuda a percibir el paso del tiempo.
El diagnóstico como consuelo
En definitiva, no es que los nuevos síndromes sean falsos; es que responden a una cultura que prefiere la etiqueta a la aceptación. Poner nombre a la incomodidad nos da la sensación de control y, sobre todo, nos libera de la responsabilidad de convivir con ella. Pero quizá el verdadero reto sea recuperar algo de aquella resistencia antigua, aquella capacidad de tolerar el malestar sin necesidad de convertirlo en patología.
El papel del médico
En medio de este panorama, el médico tiene un papel delicado. Por un lado, debe reconocer y acompañar los sufrimientos reales de sus pacientes, sin menospreciarlos. Por otro, debe evitar caer en la trampa de medicalizarlo todo, convirtiendo la vida cotidiana en una sucesión de diagnósticos. Entre la compasión y el criterio clínico, el médico es a menudo la voz que recuerda que no todo lo que incomoda es enfermedad y que, a veces, la mejor receta es sencillamente aprender a vivir con la incomodidad.