José Ignacio Mazzanti

El Col·legi de Metges de Tarragona lamenta profundament la seva mort. La Junta de Govern del COMT vol transmetre el seu condol als familiars i amics.

Hay personas que dedican su vida a una sola vocación. José Ignacio Mazzanti tuvo la fortuna –y el talento– de vivir dos con la misma intensidad: la medicina y la música. Ginecólogo de profesión y músico de corazón, supo armonizar ambas pasiones hasta convertirlas en una forma de entender la vida, siempre guiada por la sensibilidad, la cercanía y el compromiso con los demás.

Nació en Buenos Aires el 26 de julio de 1942 en una familia donde la medicina era mucho más que un oficio. Su madre era maestra y su padre, el primer médico de la saga familiar, un hombre que transmitió a sus tres hijos la vocación de cuidar a las personas. José Ignacio eligió la ginecología, mientras que sus hermanos se especializaron en gastroenterología y cardiología. Pero en aquella casa también se respiraba música. El jazz formaba parte de la vida cotidiana y los tres hermanos acabaron desarrollando una intensa actividad musical. José Ignacio encontró en el saxofón y el clarinete una forma de expresión que lo acompañaría siempre.

No es casualidad que su propia vida terminara pareciéndose tanto a la de su padre. Se casó con una maestra, que además era profesora de piano, y juntos formaron una familia en la que convivían con naturalidad la medicina y la música. Tuvieron tres hijos, uno de ellos también ginecólogo, y todos crecieron rodeados de partituras, ensayos y conversaciones sobre pacientes. Uno de ellos incluso hizo de la música su profesión. En la familia Mazzanti, el jazz y la medicina nunca fueron caminos separados.

Se licenció en Medicina en la Universidad de La Plata y comenzó su trayectoria profesional en el Hospital de Lanús. Durante sus primeros años, la música llegó incluso a ocupar más espacio que la medicina. Los escenarios le ofrecían más oportunidades que las consultas, y durante un tiempo compaginó ambas carreras. En 1967 participó en la creación de La Porteña Jazz Band, una formación que acabaría convirtiéndose en una referencia internacional del jazz tradicional argentino. Nunca entendió la música como un simple entretenimiento. Para él era una necesidad, la mejor terapia para recuperar el equilibrio después de largas jornadas de trabajo y una manera de alimentar el espíritu.

A comienzos de los años noventa, en un contexto de incertidumbre económica en Argentina, tomó una decisión que cambiaría el rumbo de su vida. España necesitaba médicos y él decidió emprender una nueva etapa junto a su familia. Llegó primero a Orense, donde trabajó durante dos años, pero pronto comprendió que el entorno mediterráneo se adaptaba mejor a la forma de vivir de su familia. Tarragona se convirtió entonces en su nuevo hogar.

Desde Salou, donde instaló su hogar, construyó una sólida trayectoria profesional en la provincia. Ejerció en la Clínica Fàbregas de Reus —posteriormente CMQ—, en el Hospital de la Cruz Roja de Tarragona y mantuvo consultas privadas en Reus, Cambrils y El Vendrell. La consulta de Reus acabaría teniendo un significado especial al compartirla con su hijo, también ginecólogo. Juntos impulsaron el centro Procrear, símbolo de una vocación que pasaba de una generación a la siguiente.

Quienes lo conocieron destacan, por encima de todo, su extraordinaria calidad humana. Fue un médico cercano, de trato amable, capaz de generar una relación de confianza que iba mucho más allá del acto médico. Muchas de sus pacientes terminaron convirtiéndose en una especie de segunda familia. Acompañó a miles de mujeres en algunos de los momentos más importantes de sus vidas y ayudó a traer al mundo a generaciones enteras de niños y niñas que hoy forman parte de la historia reciente del Camp de Tarragona.

Su vida no se limitó a la consulta. También fue un hombre profundamente agradecido con la tierra que lo acogió. Se enamoró de Cataluña, de Tarragona y especialmente de Salou, donde se integró plenamente sin renunciar nunca a sus raíces argentinas, construyendo aquí un nuevo hogar sin perder el vínculo con sus orígenes.

José Ignacio Mazzanti vivió intensamente. Viajó gracias a la música, dedicó su vida a la medicina y encontró en ambas profesiones dos maneras complementarias de cuidar a las personas: una desde la ciencia y otra desde las emociones. Falleció el 24 de marzo de 2025, dejando tras de sí una profunda huella humana y profesional. Su legado permanece en los miles de pacientes que recuerdan su cercanía, en las familias a las que ayudó a crecer y en quienes compartieron con él el privilegio de escuchar cómo un mismo hombre podía hablar con la misma pasión de un parto y de un estándar de jazz.

Por Álex Saldaña


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