Fermín Blas Pérez

El Col·legi de Metges de Tarragona lamenta profundament la seva mort. La Junta de Govern del COMT vol transmetre el seu condol als familiars i amics.

El Dr. Fermín Blas Pérez nació en Becerreá, Lugo, en el último día de 1937, aunque en los documentos oficiales constaba como nacido el 1 de enero de 1938. Para su familia, sin embargo, siempre fue el niño que llegó al mundo el 31 de diciembre, y, de hecho, era ese el día que celebraba su cumpleaños.

Era hijo de una familia humilde. Su padre regentaba un comercio en Becerreá y su madre se ocupaba de la casa. Fueron seis hermanos y, aunque ninguno de ellos siguió el mismo camino profesional, Fermín encontró desde muy joven una vocación que acabaría convirtiéndose en el eje de toda su existencia: la medicina, quizá influenciado por su tío Fermín, médico y dentista.

En aquel pueblo gallego de la posguerra, estudiar una carrera universitaria no era algo sencillo. La vida tampoco lo era. Las posibilidades económicas eran limitadas y llegar a la universidad parecía un sueño difícil de alcanzar. Pero Fermín tenía dos cualidades que lo acompañarían durante toda su vida: curiosidad y voluntad.

Aprendió alemán por su cuenta. Lo hizo de manera autodidacta, con esa disciplina silenciosa que después caracterizaría tantos aspectos de su vida. Y aquel idioma terminó siendo una puerta de entrada a la universidad. El conocimiento del alemán le permitió superar un examen y acceder a los estudios superiores. Su hermano mayor, Ángel, catedrático de Química, fue quien hizo posible que pudiera afrontar económicamente sus estudios y pagó su carrera.

Fermín se trasladó a Santiago de Compostela para estudiar Medicina. Allí comenzó a convertir aquella vocación temprana en una profesión. Pero su recorrido profesional lo llevaría posteriormente a Cataluña. Allí estaba su cuñado, un médico de familia que se había instalado en la Costa Brava.

Hizo la especialización en Traumatología en el Hospital Vall d’Hebron de Barcelona. Fueron años de formación intensa, de aprendizaje y de contacto con una especialidad que acabaría definiendo toda su trayectoria profesional. Fue también allí donde conoció a la mujer que compartiría con él el resto de su vida: Mari Carmen Martínez, una enfermera de Estella, Navarra, que trabajaba como instrumentista de traumatología. Se casaron y juntos emprendieron una nueva etapa que pronto dio sus frutos, pues tuvieron tres hijos: Fermín, Itziar y Eduardo.

El Dr. Fermín Blas dio sus primeros pasos en el campo profesional en el Hospital Trueta de Girona, donde desarrolló una parte fundamental de su carrera y participó, junto al Dr. Creus, en la colocación de las primeras prótesis realizadas en España. Era una época en la que la cirugía traumatológica estaba viviendo una profunda transformación y en la que determinados procedimientos que hoy pueden parecer habituales constituían auténticos avances médicos.

En 1975, Fermín obtuvo una plaza en el Hospital Joan XXIII de Tarragona. Llegó a la ciudad en julio, apenas unos días después del nacimiento de su hija Itziar. En esta ciudad encontraría su hogar. Desde su llegada a Tarragona y prácticamente hasta el final de su carrera, el Hospital Joan XXIII fue su casa profesional, aunque luego también desarrolló su actividad en el ámbito privado, en la clínica Monegal –luego, Viamed Monegal–. A lo largo de su trayectoria atendió a miles de pacientes.

Dejó también una huella propia en el ámbito de la Traumatología. Fue impulsor y precursor de los cursos de cirugía del pie que se organizaron en colaboración con la Clínica Viamed Monegal y la Academia de Ciencias Médicas de Tarragona. Aquellos cursos reflejaban bien su manera de entender la profesión. Reunía a especialistas y podían pasar tres o cuatro horas hablando de huesos del pie, de técnicas quirúrgicas, de casos clínicos y de las posibilidades de mejorar los tratamientos. Para él, la medicina no terminaba en la consulta ni en el quirófano. También consistía en estudiar, compartir conocimientos y seguir aprendiendo.

Pero quizá la mejor manera de comprender cómo vivía su profesión esté en una frase que su hija ha conservado como una de sus señas de identidad: “trabajaba como una mula». En efecto, el trabajo ocupaba un lugar central en su vida. Era exigente consigo mismo y creía profundamente en la necesidad de hacer las cosas bien. Para Fermín, trabajar no consistía simplemente en cumplir con una obligación; había que hacerlo con excelencia. Dedicaba muchas horas a su profesión y se entregó a ella con una constancia que mantuvo incluso cuando los años empezaron a pesar.

Esa entrega llegó a formar parte de su propia identidad. Cuando, ya mayor, sufrió una demencia, aparecía con frecuencia en sus palabras la necesidad de regresar al trabajo. Como si durante tantos años la profesión hubiera quedado tan profundamente arraigada en él que ni siquiera la enfermedad pudiera borrar aquella responsabilidad interior.

Como padre, Fermín también era exigente. Tenía autoridad y esperaba mucho de sus hijos. Su manera de educar estaba probablemente relacionada con la misma concepción del esfuerzo que aplicaba a su profesión: las cosas había que hacerlas bien, con responsabilidad y disciplina.

Sin embargo, aquella exigencia convivía con un carácter sereno. No era una persona de grandes explosiones emocionales. Nunca fue de gritar ni de enfadarse fácilmente. Tenía buen carácter y era siempre amable.

No era un hombre especialmente extrovertido. Más bien al contrario. Estaba cómodo consigo mismo y podía disfrutar de la soledad, de la tranquilidad y, sobre todo, de su familia. No necesitaba una gran vida social para sentirse bien. Eso no significaba que fuera una persona huraña. Simplemente tenía un mundo interior amplio en el que encontraba buena parte de aquello que necesitaba.

La profesión del padre dejó una huella evidente en la familia. Itziar siguió sus pasos y estudió Medicina. Aunque eligió una especialidad diferente –Anestesiología–, acabó ejerciendo también en algunos de los lugares en los que había trabajado su padre. Sus otros dos hijos siguieron caminos distintos: Fermín estudió Relaciones Laborales, y Eduardo, Ingeniería Técnica Industrial.

Sus compañeros de trabajo terminaron siendo también sus principales amigos. Y con el paso de los años, esa circunstancia adquirió un componente melancólico. Fermín regresaba cada verano a Galicia y mantenía sus vínculos con aquella tierra de la que procedía, pero también veía cómo, poco a poco, desaparecían las personas que habían formado parte de su vida, tanto en Tarragona como en Galicia.

Había otra característica que ayuda a comprender su personalidad: nunca dejó de estudiar. El alemán permaneció con él durante toda su vida. Ya de adulto seguía estudiándolo por placer. Leía, traducía textos y artículos y mantenía vivo aquel aprendizaje que había comenzado tantos años atrás. También encontró tiempo para otras aficiones. Le interesaba la Bolsa y convirtió la inversión en uno de sus pasatiempos. También practicaba deporte, sobre todo, caminaba y nadaba.

Quizá la característica que mejor definió a Fermín Blas Pérez fue su voluntad. Tenía una voluntad de hierro, firme, casi obstinada, que había demostrado desde joven cuando, en circunstancias económicas difíciles, encontró en el estudio del alemán una vía para llegar a la universidad, y que lo acompañó durante décadas de trabajo, de aprendizaje y de dedicación a sus pacientes. Y también estuvo presente al final. No quería morir. Lo decía abiertamente y se aferró a la vida mientras tuvo fuerzas para hacerlo. El Dr. Fermín Blas Pérez falleció en Tarragona el 22 de septiembre de 2026. Deja una larga trayectoria médica, miles de pacientes atendidos, generaciones de profesionales con los que compartió conocimientos y una familia en la que su vocación médica encontró continuidad. Deja también el ejemplo de una vida construida sobre el esfuerzo, la curiosidad, la disciplina y el compromiso con el trabajo. Y es que, hasta el final, el Dr. Fermín Blas siguió siendo aquel hombre de voluntad de hierro que había aprendido, desde muy joven, que las oportunidades no siempre llegan solas: a veces hay que buscarlas, estudiarlas, trabajarlas y aferrarse a ellas. Y él lo hizo durante toda su vida.

Por Álex Saldaña


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