Marian Gutiérrez Garbayo

El Col·legi de Metges de Tarragona lamenta profundament la seva mort. La Junta de Govern del COMT vol transmetre el seu condol als familiars i amics.

La doctora Marian Gutiérrez Garbayo nació en San Sebastián el 14 de febrero de 1962. Fue la mayor de tres hermanos y creció en el seno de una familia numerosa en la que aprendió desde muy pronto el valor de los vínculos, la conversación y el afecto compartido. Aquella raíz donostiarra la acompañó siempre, incluso cuando la vida la llevó lejos. Cataluña fue su hogar durante décadas, pero nunca dejó de mantener vivos los lazos con su familia y sus amigos del norte.

Estudió Medicina en la Universidad del País Vasco (UPV), entre las facultades de Vitoria y San Sebastián. Como médica psiquiatra, desarrolló la mayor parte de su trayectoria profesional en el Institut Pere Mata de Reus, al que se incorporó en 1988. La institución que la acogió no era un lugar cualquiera: su emblemático edificio modernista, obra de Lluís Domènech i Montaner, simbolizaba el espíritu de renovación y progreso en el tratamiento de las personas con enfermedad mental desde finales del siglo XIX.

Marian llegó en un momento de transformación profunda. La llamada psicoterapia institucional, impulsada por el profesor Francesc Tosquelles, había marcado un antes y un después en la manera de entender el cuidado y la atención a los pacientes. En ese contexto de cambio y apertura, Marian supo integrarse con naturalidad y crecer profesionalmente, aportando sensibilidad, rigor y un compromiso inquebrantable.

A lo largo de los años trabajó en distintas áreas de la institución: desde la unidad de agudos hasta la de rehabilitación –entonces denominada subagudos–, pasando por psicogeriatría. Más adelante asumió la coordinación del Hospital de Día Infantojuvenil, etapa en la que desplegó con especial intensidad su vocación y su talento. Fue entonces cuando inició su formación en el modelo relacional-sistémico, profundizando en el estudio de la relación de los adolescentes y sus familias. Encontró en ese ámbito un espacio donde se sentía profundamente realizada, tanto humana como profesionalmente. Siempre se preguntaba cómo podía hacer mejor su trabajo, cómo ofrecer un acompañamiento más respetuoso y eficaz.

Pero Marian era más que una excelente psiquiatra. Fue también psicodramatista, y esa formación no solo enriqueció sus herramientas clínicas y su manera de abordar al paciente, sino que supuso para ella un tiempo de aprendizaje vital, de crecimiento personal y de intercambio fecundo con profesionales de todo el país. El psicodrama amplió su mirada, afinó su escucha, consolidó su creatividad y fortaleció esa manera tan suya de estar con el otro: cercana, respetuosa y genuinamente implicada.

Marian era también música, una pasión a la que dedicó buena parte de su tiempo y de su energía. Se formó como soprano y continuó haciéndolo a lo largo de toda su vida. La música no fue un simple complemento, sino otra dimensión esencial de su identidad. En ella encontraba armonía, profundidad y una manera de expresar lo que a veces las palabras no alcanzan. Y la utilizó también para el ejercicio profesional a través de la musicoterapia, otra de sus fortalezas terapéuticas. Desde ahí, desde la sensibilidad artística, supo conectar, acompañar y humanizar aún más su práctica clínica, integrando ciencia y emoción, técnica y arte, conocimiento y humanidad.

Viajera incansable, recorrió destinos cercanos y lejanos con una curiosidad abierta y respetuosa. No viajaba solo para conocer lugares, sino para establecer una conexión íntima con cada cultura, con cada paisaje, con cada historia. Vitalista y luminosa, afrontó siempre la vida con una sonrisa franca que desarmaba las dificultades y acogía a los demás.

No se casó ni tuvo hijos, pero construyó a su alrededor una extensa red de amigos que fueron, en el sentido más pleno, su familia.

Marian fue, en definitiva, una profesional brillante y una persona luminosa: comprometida con sus pacientes, generosa con sus compañeros y siempre abierta al aprendizaje. Una de esas presencias que dejan una huella profunda y duradera. Su legado permanece en cada equipo que ayudó a construir, en cada familia a la que acompañó y en cada vida que tocó con su presencia serena y profundamente humana.

Falleció en Tarragona el 19 de diciembre de 2025. Su recuerdo permanece vivo en quienes tuvieron el privilegio de conocerla, trabajar a su lado o dejarse cuidar por ella.

Por Álex Saldaña

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Jose Monreal

Querida Marian:
La vida nos llevó por distintos caminos, pero los momentos que compartimos siempre han estado presentes en mi memoria y, sobre todo, en el corazón. Cada vez que escucho Haurtxo sehaskan, siento tu presencia, veo tu sonrisa, y me sigo perdiendo en el sereno mar azul de tu mirada.
Dicen que el tiempo lo borra todo, aunque con el paso de los años descubres que es una gran mentira. El tiempo no borra nada, porque el tiempo no existe; el tiempo es un invento que sirve de excusa a quienes nunca supieron lo que era amar.
Toda una vida buscando y al final, vuelves al lugar de partida., creyendo que has alcanzado la meta y en realidad no has avanzado ni un solo paso.

Querida Marian. Sigues siendo gaviiota; sigues siendo libre; sigues siendo la eterna sonrisa, la dulzura y la bondad.
Sé que es demasiado tarde, también para mí, pero no quiero que queden en el olvido aquellas cuatro líneas que te escribí, en el desierto y frío anden de la estación de Gasteiz un amanecer, y que nunca me atreví a enviarte. Ahí van.
«¡Que derroche de mar en unos ojos, prendió un día su esencia en mi recreo. Sentí el dolor de la ausencia y el sabor de la nostalgia; el valor y el miedo a desnudar mi corazón. Te miré por última vez y tu silueta se disipó como la niebla. Se plasma la imagen, mas a bien es la memoria ineludible…¡Pues que sueñe!». Eterna Marian.